Vinos de montaña, decisiones de largo plazo

Sebastián Zuccardi (GV87) recorre la historia familiar, el liderazgo compartido y el momento del vino argentino con una clara convicción: el lugar, la estrategia y las personas importan.

“Nací acá, vivo acá, quiero vivir en Mendoza”. La valoración del lugar de origen se sostiene a lo largo de toda la entrevista y podría decirse que es la piedra basal de la empresa familiar. Sebastián Zuccardi -de él se trata- se crió en un viñedo junto a sus padres y abuelos, “y me fui dando cuenta de que realmente lo que me apasionaba era el vino”.

El actual director de Familia Zuccardi cursó sus estudios secundarios en el Liceo Agrícola y Enológico Domingo Faustino Sarmiento, para luego formarse como Ingeniero Agrónomo en la Universidad Nacional de Cuyo. “Al final del colegio secundario e inicios de la universidad, empecé mi propio proyecto, que es Alma 4, donde hacemos espumantes hasta hoy, junto a Mauricio Agustín y Marcela, que es mi compañera. Ese proyecto me permitió empezar algo que la Familia no hacía. En algún punto, un camino mío”.

Terminados sus estudios universitarios, entendió que necesitaba ampliar su formación y sumar perspectiva internacional. La posibilidad de trabajar en ambos hemisferios —donde el calendario vitivinícola permite realizar dos vendimias al año— fue clave para expandir su mirada sobre el vino y la producción. “Durante siete años tuve la oportunidad de trabajar con mi familia, pero después irme durante septiembre y octubre a hacer la vendimia en Italia, Francia, Estados Unidos, España, Portugal”.

Ya son tres generaciones de Familia Zuccardi. Contanos su historia.

Mi abuelo y mi abuela empezaron en 1963. Mi abuelo, Alberto “Tito” Zuccardi, era ingeniero civil y desarrolló un sistema de riego muy eficiente para la época. Compró una tierra en Mendoza para mostrarlo a otros productores y ahí empezó la historia del viñedo. Por suerte para mí, decidió seguir plantando viñedos.

Cuando mi papá, José (71), se suma, ya sabía que quería dedicarse al vino. Entiende que no alcanzaba con producir uva: había que hacer el vino, embotellarlo, ponerle nuestro apellido y salir a venderlo.

Y hoy somos la tercera generación, nosotros somos tres: yo soy el mayor, tengo 45 años, mi hermana Julia (43) es traductora y profesora de inglés y mi hermano Miguel (42) también es Ingeniero Agrónomo.

Cada uno fue generando una nueva dimensión de la Familia. Por ejemplo, no cultivábamos en el Valle de Uco ni teníamos el nivel de vinos que hacemos hoy, y a mí me tocó liderar esa parte. Mi hermana Julia se sumó con la hospitalidad y hoy tenemos tres restaurantes y dos centros de turismo. Y mi hermano Miguel sumó una actividad tradicional para la región, pero nueva para la Familia, que es el aceite de oliva y es sin duda el mejor productor.

A esto le tengo que agregar que mi abuela, Emma, siempre fue una parte muy importante de la Familia. No tenemos sistema de retiro, así que ella trabajó hasta los 94 años.

Es muy interesante, porque somos una tercera generación trabajando con la segunda. Mi papá sigue muy activo; con él y con mi hermano hacemos un CEO colegiado. Por su parte, mi mamá, Ana Amitrano (72), se encarga de toda la parte comercial del mercado interno.

Sebastián Zuccardi, Director de Familia Zuccardi y Miembro del GV 87

¿Qué valores tomaste o te legaron tu abuelo y tu papá?

Lo primero que me legó la familia es el amor por el lugar donde vivimos. Somos mendocinos que queremos vivir acá. La nuestra es una actividad de arraigo: cuando plantás un viñedo quedás atado a ese lugar quizás de por vida.

Después, tenemos una empresa fundada en cuatro pilares. El primero es la calidad y una obsesión por hacer las cosas mejor. El segundo es la innovación, que está en el ADN de la empresa. El tercero es cuidar el lugar donde vivimos, no solo mantenerlo sino mejorarlo, trabajando con un modelo sustentable.

Y el cuarto es ser útiles a la comunidad. Creemos que la rentabilidad es una condición, pero no un fin. Mi abuela empezó un trabajo muy profundo que hoy continúa a través de la fundación, con escuelas, jardines y talleres dentro de nuestras fincas.

Estos cuatro ejes nos permiten tomar decisiones. Si una decisión va en contra de alguno de ellos, sabemos que no la tenemos que tomar.

Hacer, innovar y contar: la construcción de un liderazgo con identidad

Entre el viñedo, la bodega y el mundo, Sebastián Zuccardi y su familia construyen una empresa con impacto global a partir del hacer, la innovación y una comunicación anclada en el territorio.

¿Cómo caracterizás tu liderazgo?

Soy una persona apasionada por lo que hago. Eso me hace sentir con energía y con un nivel de automotivación alto. Disfruto mucho de trabajar con personas que pueden apasionarse con lo que hacen y que tienen ganas de mejorar. Creo que la capacidad más grande que hemos desarrollado como familia es la de aprender: siempre evolucionamos y, cuando vemos la forma de hacerlo mejor, nos lanzamos.

También tenemos un nivel de exposición muy alto, porque hacemos una comunicación de marca que tiene que ver con nuestro apellido y lo que hacemos, pero sin sentirlo desde el ego, sino como parte de nuestra construcción y del rol que cumplimos en la empresa familiar.

¿Sos un comunicador del vino?

Soy un hacedor. A mí me apasiona hacer vino. Vibro con estar en el viñedo, con estar con el equipo trabajando en la bodega. Pero hoy con hacerlo no es suficiente, también necesitamos contarlo. Porque en los mercados internacionales Argentina todavía sigue siendo un jugador muy chico y porque no hay conciencia de lo que significa el país en términos cualitativos.

Siempre digo que al final somos un pastor del lugar donde vivimos. Y lo primero que cuento es por qué la cordillera de los Andes tiene características únicas e irrepetibles que dan la posibilidad de hacer vinos relacionados con esta montaña. Nos gusta decir que hacemos vinos de montaña.

También sos un hacedor que innova, desde los espumantes hasta el área de desarrollo e innovación de la bodega. ¿Cómo se creó esta última?

En el año 2009 sentía que teníamos que repensar qué impacto tenían algunas cosas que hacíamos en el viñedo y en el vino, y le propuse a mi papá crear el área de investigación y desarrollo. Siempre digo que es más desarrollo que investigación: no hacemos investigación científica, sino investigación aplicada.

El área nos cambió la forma de caminar los viñedos y la forma de hacer los vinos, y aceleró procesos que quizás hubiéramos alcanzado en diez años y logramos en dos o tres. Nos llevó a innovaciones como volver al trabajo con piletas de concreto y a entender la variabilidad de parcelas dentro de un viñedo.

Hoy seguimos teniendo el área de investigación y desarrollo: hacemos cerca de 400 microvinificaciones por año, trabajamos en distintos proyectos y recibimos pasantes que vienen de afuera.

Vocación de ser mejores

La búsqueda permanente de mejora atraviesa la historia de la familia, su forma de liderar y también la manera en que Sebastián entiende su rol dentro de la empresa. Una vocación que combina hacer, aprender y animarse a cambiar.

¿Cómo ingresaste a Vistage y en qué sentís que te ayudó, respecto de lo que estás contando?

Entré en 2016 porque un amigo empresario me insistió mucho. Yo estaba enfocado en el trabajo en el viñedo y en la bodega, pero me iba dando cuenta de que mi trabajo iba a cambiar y que se venían desafíos diferentes, para los que quizás no estaba tan preparado. Los equipos iban creciendo, uno tiene que ir dejando lugar y la empresa ha ido evolucionando en crecimiento y en sofisticación. Así que me sumé.

Al principio me costó. En el grupo siempre se ríen y dicen que a las primeras cuatro reuniones no fui y que ya me querían sacar. Yo participo con algunas limitaciones, porque viajo bastante durante el año, pero Vistage ha sido esencial en mi formación de los últimos años. No solo Vistage, sino el grupo y el Chair, Daniel Carmona. Me ayudó a perder el miedo a hacer cosas que no manejaba o de las que tenía menos conocimiento, a entender que había mucha gente que ya lo había transitado o lo estaba transitando, que estaba en el mismo camino. Me siento acompañado y desafiado al mismo tiempo.

Recientemente ganaste el Saco Verde en el programa “Números Uno”. ¿Qué representa para vos y por qué creés que lo obtuviste?

Cuando recibo ese reconocimiento estoy representando a una familia y a un equipo de trabajo. Hemos ido tomando buenas decisiones a lo largo del tiempo, construyendo una empresa con impacto en la región donde cultivamos. Somos el tercer exportador de Argentina de vino embotellado. Exportamos el 40% de lo que hacemos y el otro 60% lo vendemos en el mercado nacional. Lideramos una categoría de aceite de oliva de calidad y tenemos impacto en el turismo.

Me parece que es una empresa que ha tenido un crecimiento sostenido, con el valor de una estrategia y una mirada de largo plazo. No nos levantamos a la mañana y decimos “hoy conviene por acá y mañana por allá”. Somos tres generaciones trabajando en la misma dirección.

¿Cómo se traduce esa mirada de largo plazo en la gestión cotidiana?

Creemos que las empresas familiares podemos tomar las mejores prácticas de una corporación, pero nunca una corporación va a poder tomar las mejores prácticas de una empresa familiar, porque la toma de decisiones puede abarcar muchísimas más cosas y permite poner la mirada en el largo plazo. No es que seamos mejores, es que tenemos la posibilidad de tomar decisiones que, vistas desde el punto de vista del negocio o del corto plazo, pueden ser decisiones no tan efectivas, o que un CEO profesional no puede tomar. Muchas de esas decisiones, donde las tasas de retorno no te dan, después han sido súper estratégicas en la construcción de la marca de la Familia. Podemos tomar decisiones desde una mirada no solo económica, mucho más amplia y desde una mirada del tiempo mucho más larga, y eso, en nuestra actividad —el vino, el aceite de oliva y la hospitalidad— nos da una fuerza y una dirección mucho más grande.

En los últimos años recibieron reconocimientos muy importantes. ¿Cómo vivís esos logros y qué dicen del camino que viene recorriendo la Familia?

Para nosotros es muy importante cómo hacemos las cosas y en los últimos años ha habido un reconocimiento al trabajo que venimos haciendo. Nuestra bodega del Valle de Uco salió tres veces mejor bodega del mundo, y en los últimos diez años tuvimos once veces el máximo reconocimiento que un vino puede tener, que es 100 puntos.

Estamos jugando desde Mendoza, como una familia mendocina, con la ambición de jugar en el nivel top mundial. Eso tiene valor porque somos embajadores del lugar donde vivimos y porque, cuando una empresa y una familia tienen posibilidades, se generan oportunidades para la región.

Vino argentino: el impacto del lugar de origen en la producción

En la visión de Sebastián Zuccardi, el vino argentino no puede pensarse sin el territorio. El lugar de origen es una parte central de la identidad del producto.

¿Cómo impacta el entorno de las fincas mendocinas en el producto final?

Nosotros hacemos vinos de montaña. La cordillera de los Andes es lo que determina la identidad de nuestros vinos y me gusta contarlo en cinco dimensiones. La primera es el paisaje: si caminamos el viñedo no nos vamos a confundir dónde estamos, la cordillera es el marco y define la vegetación nativa. La segunda es el clima: vivimos en un desierto en altura, un desierto frío y con luz, aislado de toda influencia oceánica, y nuestros vinos hablan de la frescura por la temperatura y de la intensidad y la pureza por la luz. La tercera es el agua, porque toda el agua que usamos para regar viene del hielo de la cordillera. La cuarta son los suelos, que son material que hace millones de años estuvo en la cordillera de los Andes. Y la quinta somos las personas: somos gente de montaña y cuando te despertás en Mendoza, antes de abrir los ojos, sabés dónde está la cordillera de los Andes, y eso impacta en el carácter de las personas que vivimos acá.

¿En qué momento se encuentra el vino argentino respecto del mundo?

Estamos en un momento difícil del vino en el mundo. Hay una baja de consumo muy ligada a varios factores y es un momento complicado para los mercados. Dicho esto, yo creo que estamos en el mejor momento del vino argentino, en términos conceptuales y cualitativos.

Yendo a ese momento cualitativo, para mí hay cinco revoluciones del vino argentino. La primera está ligada al lugar: hoy hablamos mucho del lugar y, si agarrás una etiqueta, vas a ver que dice la variedad y el lugar, o el lugar y la variedad, pero el centro es el lugar. La segunda es la expansión territorial: hoy se cultiva en regiones donde antes no se cultivaba, más al sur, más al norte, cerca del mar o en zonas más altas. La tercera son las variedades blancas, porque nos habíamos olvidado de que podíamos hacer vinos blancos del nivel que hacemos y hoy hay una diversidad muy grande. La cuarta es la diversidad de estilos: ya no es el Malbec de Argentina muy alcohólico, muy negro, muy concentrado y con mucha madera; hoy hay una gran cantidad de productores y más de 800 bodegas haciendo vino en Argentina. Y la quinta, para mí, es cómo se van a guardar los vinos, porque creo que el potencial de guarda que tenemos es muchísimo más largo de lo que pensamos.

¿Qué proyectos podés adelantarnos para el 2026?

Estamos terminando dos cosas importantes. Por un lado, una nueva bodega en el Valle de Uco, que empezamos a construir hace tres años y vamos a tener completa para esta vendimia. Y por otro lado, estamos construyendo un centro de turismo muy grande en nuestra bodega de Maipú, en Santa Julia. En la Familia tenemos dos proyectos atados al vino: Santa Julia y Zuccardi. Y este centro de turismo incluye una bodega con 170 hectáreas orgánicas de viñedo y 80 hectáreas orgánicas de olivo. Será construido como se hacía antiguamente, con tierra compactada, y creo que va a ser muy innovador y central para Mendoza.